Relato corto: Hielo candente

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Hielo candente es un relato que escribí hace algunas semanas para un concurso informal del foro literario Ábrete Libro. No soy de concursos, la verdad, pero me apetecía escribir algo rápido y despejar la mente de otro relato (sustancialmente más largo) en el que llevo tiempo trabajando. Así que me lancé. El tema del concurso era “Invierno peculiar”, y había una extensión máxima de 3.000 palabras. Es un relato de fantasía oscura y, a pesar de los riesgos que conlleva presentar un relato de género a un concurso “no de género”, al final escribí lo que realmente me apetecía y estoy contento con el resultado.

Fue una agradable sorpresa ver que Hielo candente gustó mucho entre los lectores. Finalmente se quedó en el segundo puesto por muy poquito (un par de puntos; ¡enhorabuena a la ganadora!), lo cual me ha llenado de alegría y me ha animado a compartirlo.

Si te apetece leer el relato, puedes hacerlo en esta misma entrada o descargarlo en el siguiente enlace. El archivo .rar contiene el relato en formato .pdf, .epub, .mobi y .azw3, para que escojáis el que mejor os venga.

Descarga Hielo candente.

Sin más preámbulos, os pongo el relato a continuación. ¡Espero que os guste!


HIELO CANDENTE

Nunca le diste importancia al hecho de que las palabras «Invierno» e «Infierno» se escriben y se pronuncian prácticamente igual.
Ahora puedes entender por qué.
Saltas a los Terrenos de Caza. La escarcha cruje bajo el peso de tus botas y te agachas junto a la base del muro. Desde allí observas el terreno. Aunque la noche está despejada y no ha nevado desde hace varias horas, está oscuro. No todos los distritos reciben luz, ni a todas horas. La Reina no suministra energía eléctrica a esta zona de la ciudad, pero sabes que las Pavesas controlan algunos generadores clandestinos. Empiezas a correr, deslizándote como un retal de niebla entre los árboles; has memorizado la ruta más corta, así que no deberías tardar mucho.
Algo se mueve en la oscuridad. El instinto te obliga a pararte en seco, buscas la cobertura de un pequeño terraplén y afinas el oído. Escuchas voces; un grupo numeroso, cinco o seis tal vez.
«Pavesas».
Una parte de ti no puede evitar sentir aversión al verlos, pero ese sentimiento pronto se convierte en indiferencia cuando recuerdas lo que son. Humanos vacíos, incapaces de recuperar lo que una vez les arrebataron. Una precaria anomalía que la naturaleza consiente como un irónico y pernicioso recordatorio de su propia naturaleza. La misma naturaleza que les grita: «sobrevivid». No puedes culparlos por ello.
De modo que has localizado a la presa, pero, ¿dónde está el cazador?
Ajá.
Tres jinetes desgarran con antorchas el oscuro velo del paisaje. Los cascos de sus monturas retumban en la tierra y esto es suficiente para poner a las Pavesas en alerta. Tambores de guerra.
Es tu momento. Sales de tu escondite y rodeas al más rezagado de los cazadores, dejando atrás los disparos y los gritos.
Entras al distrito y una luz cegadora te recibe casi al mismo tiempo que la imagen del Infierno. Las calles hierven con el éxtasis de la cacería. El olor de la pólvora se diluye entre el miedo y la sangre, y por encima de los disparos y los huesos rotos, los gritos de las Pavesas despuntan en la noche como un coro demencial. Pero esa no es tu canción. Esta noche, tú vas a cantar otra muy diferente.
La de la venganza.
Llegas a la avenida devastada y un cazador emerge de las sombras para cortarte el paso. Detectas a otro, acurrucado a pocos metros sobre el cuerpo de un chaval que no llega a la decena, terminando de extinguirlo. Alza la mirada y, tras deshacerse del cuerpo, avanza renqueando hacia ti.
Si tuvieras que sentir algo por estos tipos sería lástima. Sus ojos ya han perdido cualquier atisbo de lucidez, y te miran, inyectados en sangre, tras un velo de angustia que ya has visto otras veces. El Invierno y la adicción los consume, como a todos. Pero solo los peores cazan aquí. Solo los despojos cazan a las Pavesas.
Ahora es cuando reparas en que tienes delante a dos cazadores desesperados, y que probablemente eres la primera pieza de valor que han visto en toda la noche.
—Eh, Durm —balbucea el que te acaba de interceptar—. Una oveja extraviada.
Con un rápido vistazo compruebas que no portan armas de fuego. Una pareja bastante lamentable.
—Eso parece, Cekzt —dice el tal Durm, que sonríe y se planta a dos palmos de ti—. Ya sabes que hay dos formas de hacer esto, preciosa. Pórtate bien y tal vez te dejemos algo de Fuego dentr…
«Bah».
En un parpadeo le clavas los dedos en el rostro. Durm exhala y parece que intenta decir algo, pero solo dispone de medio segundo antes de que le destroces el cráneo contra el pavimento y tal vez no sea tiempo suficiente.
Un golpe seco; la sangre te salpica y riega los adoquines.
No. No fue suficiente.
Cekzt ni siquiera ha tenido tiempo para girarse. Cuando lo hace, hay doce centímetros de cuchillo entrándole por el costado. Apuñalas varias veces al despojo mientras te mira con la boca abierta y cae de espaldas sobre la nieve. El tipo balbucea, pero su voz es un equívoco borboteo de saliva mezclada con sangre: «¿quién eres?», te parece escuchar.
Recuperas la hoja y la limpias en la camisa del cazador. Su mirada te molesta. Diablos, hasta alguien como él puede parecer un cachorro asustado cuando está a punto de palmarla.
—No me mires —le dices mientras te incorporas y le apartas la cara de un puntapié—. Soy la que va a matar a tu Reina esta noche. Muestra un poco de respeto.
Alcanzas la entrada de las cloacas. La verja está abierta, como te prometió Camero. Tras ascender por una escalera cubierta de óxido, la ciudad te regala su mejor vista. Se respira una calma tensa, artificial. La luz de un faro lejano ilumina los distritos de forma intermitente. Los siervos de los Feudos duermen bajo un manto de escarcha, ajenos al horror de las Pavesas. A salvo bajo el yugo de los Señores, cuando paguen su tributo invernal les dejarán en paz durante el resto de la estación. Vivirán un año más, tratando de regenerar suficiente Fuego para no acabar al otro lado del muro cuando llegue el próximo Invierno.
Y más allá, el Palacio. Apenas puedes recordar lo que se sentía al vivir allí, siendo parte del coto privado de la Reina. Todos aspiran a esa vida, porque es fácil sobrevivir si no cometes algún error.
Algunos recuerdos pugnan por salir a flote, pero rápidamente te alejas de ellos. Hoy no hay tiempo para la nostalgia.
El camino está despejado. Sabías que Camero no te fallaría. «No tendrás una oportunidad mejor —rezaba la carta—. Todos estarán en el banquete, y la Reina siempre se retira a medianoche». Dentro del sobre había un informe detallado sobre los cambios de guardia y un plano del castillo. Camero… Nunca has entendido por qué te protege. Un adicto al Fuego, como todos en Palacio. La culpa lo ha vuelto miserable, pero también le ha permitido conservar una pizca de decencia. «Alguien tiene que hacerlo —concluía la carta—. Este será mi último Invierno. No falles, pequeña». Entiendes por qué lo dice. Ha pasado demasiados años consumiendo el Fuego de los otros siervos. Y eso te acaba matando, si a eso se le puede llamar morir.
Salvo a la Reina, claro.
Te permites un instante de compasión por Camero. Le debes la vida, al fin y al cabo. Aquella noche contemplaste durante horas a tu padre y a tus hermanos; fríos, consumidos, destrozados contra las rocas afiladas. El miedo se había congelado en sus ojos. ¿De verdad han pasado solo cuatro años? En este momento te parecen una eternidad. Apenas recuerdas oírle llegar para recoger los cuerpos; al muy idiota casi le da un infarto cuando descubrió que seguías viva. Nunca llegó a entender cómo pudiste sobrevivir a esa caída.
Pero tú sí lo entiendes. El Fuego no es lo único de lo que se puede alimentar un cuerpo humano.
Te infiltras sin dificultad; conoces las posiciones y los movimientos de cada guardia. Pasas junto al salón donde tiene lugar el banquete de La Noche más Larga del Invierno. Las largas mesas rebosan de comida y tu estómago responde al olor con un rugido enconado. Entre los platos y las copas han dispuesto surtidores de Fuego, con sus jeringas perfectamente alineadas emitiendo un tenue brillo anaranjado. El mejor Fuego de la ciudad, extraído de los mejores siervos de la Reina.
Comienzas la escalada desde el patio, hendiendo la roca escarchada con tus arpeos. Empieza a nevar cuando alcanzas los aposentos desde el alféizar y el Gran Reloj marca la medianoche. Justo a tiempo.
Pero nadie aparece.
A través de la ventana algo llama tu atención. Una figura oscura, difuminada por la nevada, avanza por el espigón en dirección al faro. Te pegas al cristal, escrutando con los ojos muy abiertos. ¿Qué hora será? La renqueante silueta desaparece tras el portón de la estructura.
Maldices y abres la ventana de un codazo, haciendo saltar los postigos. El aire gélido de la noche te golpea en la cara y saltas con los arpeos vueltos hacia la piedra. El corazón golpea tu pecho como una maza, infundiéndote de rabia y adrenalina. Esperas no equivocarte.
No tardas en llegar. Destrozas la última puerta de una patada, atraviesas la nube de astillas y allí está ella, frente a la linterna del faro.
—Reina —dices, y las palabras suenan deliciosas en tus labios.
Se gira. El vestido que lleva puesto acompaña cada movimiento como si fuese una extensión de su propia alma, danzando a su alrededor, vibrando con cada aliento. Sus ojos son dos pozos de oscuridad entretejida con una premeditada inocencia; labios rojos, piel marmórea, rostro amable y perfecto, cabellos de color de plata que parecen no responder a las leyes de la gravedad. Tal y como la recordabas.
—Vaya, ¿a quién tenemos aquí? —pregunta sin perder la sonrisa, sosteniéndote la mirada como si el cuchillo que tienes en la mano fuese poco más que un juguete—. Creo que no nos han presentado.
Avanzas hacia ella.
—Hace cuatro años —dices—. Puede que no me recuerdes; una caída de cincuenta metros no te deja en el mejor estado.
La Reina entorna los ojos y se ríe con delicadeza.
—La hija del doctor. —Muy lentamente, la Reina sostiene la parte delantera de su vestido y ejecuta una pronunciada reverencia—. Es admirable que sigas respirando. Y yo que pensaba que era especial.
—No me digas.
Y entonces te sumerges en el tifón de rabia que te abrasa las entrañas desde hace cuatro años. Saltas hacia ella, rápida como un suspiro. Tu cuchillo ya no es un arma; es un ente vivo. Sientes sus latidos, su anhelo por fundirse con esa piel blanca y bañarse de sangre real. Tú solo ejecutas el mandato.
La Reina se ríe.
Te agarra del cuello en pleno vuelo. La pinza te corta el aliento y toses, concentrando tus fuerzas para lanzar una estocada que acabe con su vida. El cuchillo vuela hacia su cara, dibujando un destello metálico en el aire. Con su otra mano, la Reina lo detiene. «Mierda». Los huesos de tus dedos se quiebran como ramitas secas. El dolor te sacude; gritarías, si te quedase aire en los pulmones. Su sonrisa, sus ojos, cada centímetro de su repugnante expresión te hace sentir enferma, como si un virus comenzase a destruirte por dentro y no pudieras hacer nada salvo oírlo reír.
—Estúpida.
La Reina te lanza hacia un lateral de la cúpula con una fuerza inhumana. El impacto te aturde y caes al suelo como una muñeca de trapo. Te empiezas a incorporar entre temblores, tu mano derecha colgando a un lado como un guiñapo inútil.
—¿¡Por qué!? —gritas entonces.
—«¿Por qué?» —Ella sonríe, divertida por la pregunta.
—¿Por qué… tuviste que matarlos? —Las palabras duelen como espinas al salir de tu garganta—. ¿¡Qué mal te hicieron!?
Se ríe. Tu mano izquierda se introduce con lentitud entre tus ropas.
—Pequeña, tu padre era un hombre peligroso —responde—. Nunca aceptaba el Fuego que le ofrecíamos. Creía que no lo necesitaba, de modo que tuve que darle una lección. Enviar un mensaje.
—¡Y no lo necesitaba! —chillas de repente—. ¡Nadie lo necesita, maldita seas! ¡Sobrevivíamos, Invierno tras Invierno, como todos los siervos de esta maldita ciudad!
—Lo sé —admite—. Tu padre pensaba de esa forma. Y es una peligrosa forma de pensar. Puede que le valiera para sentirse bien consigo mismo, pero no le sirvió para salvar la vida. Ni la de su familia. —Avanza hacia ti, el vestido ondea tras ella como una vorágine de humo—. El odio es el motor que hace girar los engranajes de esta ciudad. Y el miedo es el combustible. Siempre habrá presas y cazadores, pequeña. En este juego, la única forma de sobrevivir es subir tan alto que nadie pueda tocarte.
Finalmente te levantas. Tu mano izquierda se detiene bajo la ropa, acariciando el cordel.
—«El Invierno apaga nuestro Fuego, el vacío nos consume. Algunos te dirán que se lleva nuestra humanidad. Yo te digo que solo durante el Invierno podemos ser realmente humanos». —Pronuncias las palabras de tu padre, haciéndolas tuyas—. La gente como tú solo conoce el idioma de la dominación. Qué mejor que una ciudad adicta para tener el control absoluto, ¿verdad, Reina?
Tiras del hilo y la capa que te envuelve sale volando hacia arriba.
Te examinas, comprobando que todo está en orden. Hay nueve jeringas repartidas por todo tu cuerpo, y una cánula transparente las conecta con tu muñeca. Sonríes. Accionas el mecanismo y su contenido comienza a vaciarse en tu cuerpo. Fuego negro.
La Reina se detiene y por primera vez se le borra esa maldita sonrisa de la cara.
—¿Sabes qué he estado haciendo estos cuatro años, Reina? —Las palabras brotan de tu garganta como un hálito ardiente. Tus músculos y tus huesos se recomponen, vibrando con cada descarga de Fuego—. He estado cosechando mi propio odio. Alguien me preguntó una vez cómo pude sobrevivir a esa caída. No le respondí, porque no habría sido capaz de entenderlo. Pero yo sí lo entiendo. ¿Sabes lo que ocurre cuando te arrebatan todo tu Fuego? Que te ahogas en el vacío, y después mueres. Pero, a veces, puede nacer algo nuevo, más poderoso, más intenso. Más puro.
Ella se ríe y abre los brazos.
—Lo sé muy bien.
Los retales de su vestido se retuercen como zarcillos de bruma, tiznando el aire de la cúpula con sus tinieblas. Su mirada es una esquirla de hielo candente directa a tu corazón.
—¡Adelante, pequeña! —aúlla con una voz que no parece la suya—. ¡Intenta tocarme, si puedes!
Te abalanzas. El Fuego negro dirige tus pasos, sacude tus nervios, estimula tu ira. Irrumpes en la oscuridad. El cuchillo corta el aire y la Reina se gira hacia tu espalda. Percibes un brillo entre las sombras y saltas hacia atrás para esquivar una espada que aparece de la nada. Directa a tu cuello. Pivotas sobre tus tobillos, recuperas la posición.
«No la pierdas de vista —susurra una voz en tu cabeza—. Busca su punto débil».
¿Su punto débil?
Una espiral de cenizas comienza a envolverla, una tormenta que se retuerce formando nudos, brazos y espadas de fuego y sombra.
—¿Qué pasa, chiquilla? —La Reina carga contra ti como una fuerza de la naturaleza. Las hojas bailan como un huracán enloquecido, buscándote, encontrándote—. ¿Dónde está esa sed de venganza? ¿Ya te has olvidado de tu padre, de tus hermanos?
Ignoras el dolor y te unes al baile, apuñalando con furia, deslizándote entre las hojas.
—¡Estoy aquí por ellos!
Saltas, girando sobre tu eje. Las espadas pasan a medio centímetro de tu rostro y descargas una estocada hacia su hombro. La sangre te riega la cara, caes, te recuperas, atacas de nuevo. La Reina reacciona; un tajo rápido te alcanza en el muslo y apenas logras esquivar otros dos embates. Te obliga a retroceder. «Es rápida», piensas. Pero no lo suficiente. El Fuego abrasa tus venas y bombea tu rabia hasta que pierdes la noción del tiempo. Gritas, corres hacia tu presa y ella se prepara para recibirte. Fintas hacia su derecha, hallando una apertura. Intenta bloquear a mano cambiada. Tarde. Tu hoja le entra por el costado, y una voz ruge en tu interior. Empleando tu propia inercia giras, buscas su espalda y las espadas caen sobre ti desde todas las direcciones.
Un mal golpe te arroja contra la linterna del faro. Examinas tu cuerpo magullado, cubierto de heridas. Y miras a la Reina: ha perdido mucha sangre. Más que tú, y eso te gusta. Entonces levantas la mirada y lo ves. Dentro de la linterna, algo brilla tenuemente. Te giras hacia la Reina y la expresión de horror en su rostro la delata. Te incorporas y destrozas la linterna con las manos desnudas. Tus dedos tocan algo cálido.
—¡No! —aúlla la Reina, y toda la cúpula parece temblar.
«Busca su punto débil».
Es Fuego. Uno muy débil y antiguo. Nada más tocarlo, una imagen se dibuja en tu mente. Una niña llora sobre el cadáver consumido de su madre, rescatando los últimos rescoldos de una llama extinta. Una niña vacía, sin Fuego. Igual que tú.
La pequeña te mira…
… pero la imagen se rompe.
«¡Concéntrate! —grita la voz, cada vez más tuya—. ¡Acaba con ella! ¡Hazle pagar por lo que nos hizo!».
Tiene razón.
La Reina te observa, paralizada. Alzas el Fuego ante ella y lo lanzas con todas tus fuerzas hacia la cúpula del faro. Ella deja caer sus armas y extiende los brazos hacia arriba, los ojos muy abiertos, el rostro suplicante. Es tu oportunidad. Te abalanzas sobre ella como una bestia hambrienta y tu cuchillo firma con sangre el final de su reinado.
La Reina exhala, las sombras que la envuelven se diluyen en el aire. El Fuego descansa entre sus manos, y sus dedos lo acarician con ternura.
—Vamos, pequeña —masculla con dificultad—. Hazlo ya. Siempre supe que acabaría de esta forma.
Sostienes el cuchillo sobre tu cabeza, preparado para el golpe final.
—Vete al infierno —dices, pero tu voz ya no suena como tu voz.
La hoja refleja tu rostro, tus ojos. Ojos como esquirlas de hielo candente.
«Mátala».
Abres los dedos y el cuchillo cae al suelo. La Reina se estremece y sus dedos se clavan en tu espalda, temblando. Vuestros cuerpos se unen.
Y entonces la abrazas. La abrazas con fuerza.
—¿Por qué? —pregunta con un hilo de voz—. ¿Por qué haces esto?
La presión de sus dedos se hace más liviana. Sus brazos te envuelven, como los tuyos la envuelven a ella. Empiezas a entrar en calor, y ahora eres consciente de que ya habías olvidado esa sensación. Ves lágrimas en su cara, miedo en sus ojos. No los ojos de una Reina. Unos ojos humanos.
—Porque alguien tiene que hacerlo —respondes.
En el exterior, la nevada comienza a amainar y el sol despunta entre las nubes.
Amanece.


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