Relato: Te daré las estrellas

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Después de estar un tiempo algo ausente, quería retomar la actividad del blog subiendo algo de cosecha propia. Esta vez le toca el turno a un relatillo que escribí hace un par de meses para un concurso. Lo primero, pedir disculpas por la ausencia. Había un buen motivo, y ahora algo que celebrar: después de 3 años y medio he terminado la oposición que estaba haciendo y que me ha tenido recluido en un régimen de estudio casi penitenciario. El sábado pasado superé el tercer examen (el último del proceso selectivo), y la preparación de este me había tenido algo desconectado los últimos meses. Así que en estos momentos estoy muy feliz por haber alcanzado esta meta y vuelvo a tener tiempo libre a raudales (al menos hasta octubre) para dedicarle al blog, a leer, a escribir… a cualquier cosa. No, no he hecho una hoguera con los apuntes. Pero no lo descarto todavía.

En fin, a lo que íbamos. Al igual que el anterior relato que compartí, esta historieta la escribí para el concurso trimestral del foro literario Ábrete Libro. No obstante, el proceso de creación de este último ha sido algo más convulso. Para empezar, había pasado los últimos dos meses escribiendo un relato considerablemente más largo y complicado para el certamen de ciencia ficción TerBi (el 3 de junio sale el fallo, por cierto, cruzad los dedos por mí), y el concurso de Ábrete Libro se me vino encima sin tiempo apenas para recuperar el aliento, así que me cogió con las facultades un tanto diezmadas. Otro factor fue, como ya os he dicho, que se acercaba la fecha del tercer examen y mi mente no me daba mucha tregua para otros menesteres. Y aunque la idea la tenía desde hacía tiempo, tuve que escribir el relato en un par de sesiones. Me hubiera gustado poder darle algunas vueltas más, pero el plazo iba a cumplir y había que enviar como fuera. De todos modos, la versión que aquí os traigo no es la misma que presenté al concurso; es una versión un poco más revisada que hice algunos días después de presentarlo. La verdad es que el relatillo rindió mucho mejor de lo que esperaba (no tocó podium, pero se quedó en un nada desdeñable 6º puesto), y la sensación general es que gustó (aunque no a todos, como es lógico).

No me enrollo más. Os dejo con Te daré las estrellas y con la canción que me inspiró durante su creación. Espero que os guste.

TE DARÉ LAS ESTRELLAS

El Telar del Destino vibró con un espasmo casi imperceptible. Ceriana levantó la mirada con esfuerzo, el peso de los años hundiéndole los hombros, nublando su juicio. Sus ojos buscaron el origen de la resonancia. Con manos enfermas y dedos decrépitos tanteó los hilos, temblando en el aire como si se negaran a moverse. Ella emitió un gruñido de desaprobación. Las manos que antaño surcaron las hebras del destino de los humanos habían sido reemplazadas por garras retorcidas. Su piel ya no era blanca y sedosa, sino oscura como la brea, áspera y protuberante. El horror que le suscitaba la visión de su propia monstruosidad era algo a lo que nunca terminaría de acostumbrarse. Por suerte, hacía tiempo que ordenó destruir todos los espejos del santuario.

Ceriana suspiró, sintiendo cómo el cansancio se alojaba en su pecho y desterraba una decepción ilusoria; la resonancia había sido accidental. Claro. A veces ocurría, cuando los vientos del valle arrastraban noticias que solo el Telar comprendía, pero que ya no anticipaba.
Ceriana se incorporó y se alejó del altar. La simple cercanía del Telar y la visión de su lento estertor eran un recordatorio constante de su propia divinidad marchita. Con movimientos cansados de un cuerpo que no reconocía ni deseaba, Ceriana se dirigió hacia el balcón, descorrió el vaporoso dosel que ondulaba como la marea y contempló el valle desde las alturas.
La brisa de la mañana era agradable; a pesar de todo, fue capaz de encontrar algo de paz en ese momento. Si sus fauces se lo permitiesen, probablemente hubiera sonreído.

Eldred se abrió paso entre los escombros. Los cadáveres se hacinados en las avenidas de la Vieja Ciudad recordaban en silencioso testimonio el precio que habían pagado por la libertad. Eldred atesoró esta escena. La historia nunca conocería sus nombres; la historia no entendía de personas, sino de cifras. Pero él no. Él no los olvidaría.
La multitud dejó paso a Eldred, que caminaba con expresión grave hacia el centro de la plaza. Allí, sus guerreros habían dado muerte a Beldais. El cuerpo humeaba como una montaña de pesadilla, la expresión de su rostro congelada en un manifiesto de puro rencor. Eldred examinó al monstruo; diecisiete lanzas de seis palmos sobresalían de diferentes partes de su anatomía. Aún manaba sangre de los puntos donde había sido alcanzado. El líquido oscuro regaba los relieves del pavimento, componiendo un dibujo macabro que se serpenteaba con lentitud hacia los confines de la plaza.
Eldred buscó a sus guerreros y asintió con vehemencia, solo lamentando no haber estado presente para arrancar el último suspiro al demonio. Ocho días de batalla. Beldais se había asegurado de dejar su impronta antes de ser enviado de vuelta al Abismo. Una impronta de muerte y dolor.
—Se acabó —dijo Jerah, apoyando un guantelete ensangrentado sobre el hombro de Eldred. El horror de la batalla aún estaba fresco en sus ojos—. Beldais era el último.
Eldred se giró hacia la multitud, apretando los puños.
—No —dijo—. El último no.

A veces, Ceriana se permitía mirar a hurtadillas entre los hilos de la historia. Era un gesto caprichoso, inadecuado para una diosa. Herético, quizás, porque delataba lo terrenales que habían sido sus años más felices.
Ceriana acarició los hilos del Telar y cerró los ojos. Ahora que lo había perdido todo, le gustaba recordar que hubo un tiempo en el que sus brazos acunaron a la criatura más hermosa del mundo. Encontró al pequeño entre los arbustos de un bosquecillo de píceas. El bebé no era suyo, claro; la maternidad carnal escapaba al interés y a las opciones biológicas de los dioses. Pero entonces, remando contra los vientos de su naturaleza divina, el corazón de Ceriana cambió para siempre.
La vieja diosa se envolvió en los recuerdos, viviéndolos al tacto, cuidando de que sus garras no dañasen el Telar. Aquel día, junto al arroyo, Ceriana tomó al bebé con la torpe diligencia de quien nunca ha sostenido algo tan frágil ni tan radiante, y lo lavó a conciencia. Lloraba, pues el agua estaba fría, pero era un chico fuerte.
Los meses pasaron en rápida sucesión ante sus ojos. Ocultó a su hijo; Ceriana sabía que los otros dioses nunca perdonarían su desliz. Su deseo siempre fue protegerlo, aunque más adelante comprendió que en sus actos siempre hubo un contraste de egoísmo. Quizás fue en aquella época cuando el Telar empezó a fallar. Ceriana no lo recordaba con claridad.
Una noche, Ceriana y el chico salieron al raso. De espaldas sobre un enorme terraplén, contemplaron un cielo salpicado de estrellas que refulgían como ascuas sobre el tapete oscuro del universo.
—¿Qué son? —preguntó el muchacho.
—Estrellas, Eldred. ¿No te parecen lo más hermoso que hayas visto?
El chico asintió.
—Lo sé, pero, ¿qué son?
—Enormes esferas de fuego.
Eldred abrió mucho los ojos, mirándola con incredulidad.
—¿Y cómo se mantienen ahí arriba?
Ceriana se rio y le revolvió el cabello al pequeño.
—Ellas pertenecen a universo. Están ahí arriba por el mismo motivo por el que tú estás aquí abajo. Es como debe ser.
—¿Y qué pasa si se caen? —preguntó con los labios fruncidos—. Me aplastarían.
Ceriana rodeó a Eldred y lo atrajo hacia su pecho en un cálido abrazo.
—Eso nunca ocurrirá, Eldred. Ellas velan por ti, aunque no lo sepas.
Eldred emitió un gruñido apagado, pero se dejó abrazar.
—Yo puedo cuidarme solo.
—Seguro que sí. —Ceriana cerró los ojos, dejando que el sueño la embriagase—. Pero, si quieres, subiré hasta el cielo y te daré las estrellas, y cuando estén en tus manos comprenderás que no hay nada que temer.
Eldred bajó la mirada, y finalmente sacudió la cabeza.
—Te equivocas, mamá.
—¿Por qué?
—Porque no les tengo miedo.
No pasó mucho tiempo hasta que los otros dioses descubrieron al chico. En los últimos meses, Ceriana había desatendido sus obligaciones con el Telar del Destino, y eso era algo que ninguna divinidad estaba dispuesta a perdonar.
Se lo arrebataron de sus brazos. A ella la encerraron en el santuario, encomendada por siempre a la tarea para la que había nacido. Gracias a las súplicas de Ceriana, su hijo fue perdonado. En este mismo acto de benevolencia utilizaron magia antigua sobre Eldred, borrando sus recuerdos. El muchacho fue devuelto a los humanos, y ella a sus obligaciones.
Como debía ser.
Pero todo se torció después de aquello. Cada año las predicciones del Telar erraban con más frecuencia, y Ceriana no pudo hacer nada ante un problema que no comprendía. De modo que, al final, tuvo que aceptar lo evidente: el Telar se moría.
Algunos dioses, despojados entonces del sosiego de la clarividencia, consumidos por el recelo y el miedo, descendieron de sus tronos y sembraron la tiranía en las tierras de los humanos. Como suele ocurrir, el despotismo condujo a la rebelión. Por algún motivo, el destino quiso que Eldred, de entre todos los humanos, se convirtiera en uno de los mayores insurgentes. Nuevas ideas se propagaron por las tierras, como una enfermedad terminal arrastrada por el viento, y los siervos se alzaron contra sus señores. Ya nadie pensaba en ellos como «dioses».
Cuando los humanos abandonaron su fe, la apariencia externa de los dioses cambió. Sus cuerpos, antaño efigies idealizadas de la perfección humana, mutaron en gigantescas y deformes aberraciones de carne. El nuevo aspecto de los tiranos no ayudó a recuperar la fe perdida, más bien todo lo contrario; la visión de tales horrores solo consiguió alimentar la determinación de los humanos. Algunos dioses lo atribuyeron a la herejía, que los empujaba irremediablemente hacia el Abismo; otros sostuvieron que la transformación era un retorno a sus formas originales, que solo habían estado ocultas gracias al poder de la oración. Ceriana lo entendió como una inevitable simetría; una adaptación del cuerpo al alma que hacía años que habían perdido.

Eldred se detuvo frente a las puertas del santuario. Miró hacia sus filas, escudriñando los rostros cansados de los hombres y mujeres que lo habían seguido, notando en su corazón el peso de los que faltaban.
—Seguiré yo solo —anunció. Un murmullo recorrió las huestes de lanceros—. Ya os he pedido demasiado.
Eldred empujó las enormes planchas de bronce taraceado, lo suficiente para abrir un hueco de apenas cinco palmos de ancho. Bajo la atenta mirada de sus amigos, dio un paso hacia la oscuridad. El sol se derramaba sobre los picos occidentales como un disco de metal fundido. El aire le helaba los ojos.
Sus pasos resonaron contra la bóveda del santuario. Al fondo de la estancia, una figura enorme y abominable se giró. Eldred buscó los ojos del demonio, que lo observaban desde arriba con un brillo enigmático.
—Ceriana, demonio del Destino y la Clarividencia —dijo—. Sabes a qué he venido. Hoy termina vuestra era.
—¿Y qué viene después? —articuló ella con sus fauces monstruosas.
—La nuestra.

Ceriana cargó contra su hijo, que se preparó para recibirla en una postura defensiva. Sus garras cayeron sobre el humano, pero Eldred rodó hacia su derecha en el último suspiro. Las losas saltaron por los aires en una neblina de fragmentos de mármol. Eldred se inclinó, se impulsó con los talones y dio fuerza a su estocada. La sangre roció el suelo, y Ceriana gritó.
Su hijo jamás lo sabría, pero era un grito de pura alegría. Al final, el destino le había reservado un regalo maravilloso: poder ver a Eldred una última vez. ¿Cuántos años habían pasado? «El fin de nuestra era —pensó Ceriana—. Ha crecido tanto…».
Así debía ser. El Tapiz, con su silencio, había dictado la sentencia: en esta tierra ya no había lugar para los dioses. Eldred nunca sabría quién era ella. Aunque no hubiera perdido sus recuerdos, jamás habría podido reconocer a su madre en el monstruo con el que ahora luchaba. Ceriana daba gracias por ello.
El acero bailaba en las manos de Eldred. Con la misma ligereza que una brisa nocturna, quebró hacia su flanco y un tajo horizontal la alcanzó en uno de sus tendones. La diosa bufó, apretando los dientes por el dolor. Su enorme cuerpo se escoró hacia un lado. Ceriana utilizó esa inercia para asestar un coletazo que desequilibró a Eldred. Las garras brillaron en la penumbra, a traición, y estallaron contra la pechera del joven. El impacto lanzó a Eldred contra las columnas, tosiendo sangre y saliva. Valiéndose de su lanza y de una voluntad inquebrantable, se incorporó. El labio partido goteaba sobre su mentón. Sus ojos ardían.
Ceriana sonrió. Su hijo era fuerte. Aulló, haciendo temblar los cimientos del santuario, y se preparó para un nuevo asalto.
Eldred había prendido las llamas de la rebelión. Ahora lo comprendía. Su destino era guiar a la humanidad hacia nuevos horizontes. Siempre lo había sido. Ceriana no iba a permitir que ese preciso instante, ese último enfrentamiento, ese momento incardinado en el centro de las ruedas del destino, pasase a la historia como algo trivial. Mientras le quedase un resquicio de vida, haría sangrar a su hijo. Ayudaría a forjar su leyenda.

Eldred tiró de la lanza, y la hoja desgarró la carne del demonio al salir. Ceriana cayó, toda ella reducida a un bulto sanguinolento. Eldred se apartó jadeante, sintiendo el corazón como un yunque golpeado por el martillo. Estaba cubierto de sangre y sudor. Pero todo había acabado.
El monstruo todavía respiraba, aunque no sería por mucho tiempo. El pecho se le hinchaba en un estertor entrecortado y agonizante. Los ojos sangrantes de Ceriana lo miraban intensamente. Eldred le dio la espala y caminó hacia el fondo del santuario.
Se detuvo frente al Telar. Los hilos lo atraían, llamando al roce sus manos. Una llamada sin respuesta. En lugar de ello, Eldred alzó su arma. Luchando contra la extenuación, descargó una lenta y pesada sucesión de golpes. Sintió cada impacto, drenando la ira que sentía. Drenándolo todo. El Telar fue reducido a astillas.
Soltó la lanza, cayó de rodillas y se miró las manos agrietadas.
—Al final no pudiste darme las estrellas —susurró—. Pero hoy las conquisto para ti.

Ceriana abrió los ojos, dejándose la vida en cada exhalación como agua que se filtra entre los dedos.
—¿Qué…? —consiguió preguntar—. ¿Qué has dicho?
Eldred se giró, y sus miradas se encontraron.
—¿Aún puedes hablar? —Eldred se incorporó, dejando su lanza junto a los restos del Telar. Estaba llorando—. Hablaba con mi madre. Vosotros me la arrebatasteis. Me arrancasteis de sus brazos cuando era solo un niño.
—¿Tu… madre?
—Es por ella que estoy aquí.
Ceriana rio, y era una risa sincera.
—Entonces debió de ser una gran mujer.
—Aún lo es —respondió Eldred, sacudiendo la cabeza—. Esté donde esté.
Ceriana asintió. Su hijo pasó junto a ella, abandonándola en su dolor. Sin fuerzas para moverse, la diosa escuchó las puertas del santuario cerrase para siempre. Las últimas briznas de luz desaparecieron tras las montañas.
Ceriana murió sola.
Se fue con una sonrisa, y una imagen la acompañó hasta el final. Fue la muerte más feliz que nunca pudo desear.

De Eldred poco se supo después de la guerra. A veces, la historia lo revive entre leyendas y mitos desdibujados por el tiempo. El poder nunca lo sedujo. Nunca guio a la humanidad hacia nuevos horizontes. Nunca le interesó tal cosa.
Sí, la historia también lo olvidó, y los libros poco dicen de él. Salvo que murió en los bosques, y que nunca más volvió a mirar al cielo.


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5 thoughts on “Relato: Te daré las estrellas”

  1. Es todo un lujo tenerte en ese foro nuestro, socio. Y cuánto me alegro de que hayas aprobado esas oposiciones. Sé lo duro que es opositar. En cuanto a este relato tuyo ya te dije que me gustó mucho, ya que todo lo mitológico me hace salivar. Felicidades por ambas cosas y un gran abrazo.

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    1. Muchísimas gracias Ángela ^^ El lujo y el privilegio es poder compartir foro con gente tan magnífica como vosotros. En serio te lo digo.

      Me alegro un montón de que te gustase mi relatillo, y gracias en lo tocante a las oposiciones. Han sido unos años duros que finalmente han dado su recompensa.

      Nos leemos. Un abrazo muy grande 😀

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