Relato: El pescador de Tomonoura

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Hace unos meses escribí este relato para un concurso de temática marinera y límite de 1.000 palabras. Se trata de una reinterpretación del cuento tradicional japonés de Urashima Tarō y, a decir verdad, pocas veces me he divertido tanto retorciendo una historia. El relato generó opiniones muy polarizadas. Lo que, para qué nos vamos a engañar, me encanta. Supongo que es una de esas cosas que amas u odias, así, sin término medio. Para mi sorpresa, el relato consiguió colarse entre los finalistas gracias a un montón de votos de gente maja que, asumo, debe de estar tan mal de la cabeza como el que escribe.

Una de las cuestiones más señaladas fue la ambigüedad del relato. Ambigüedad que yo busqué conscientemente, a sabiendas de que ello me granjearía no pocas críticas. Tanto la concatenación de sucesos como el final son deliberadamente confusos. No quería darlo todo mascado. Quería avivar la especulación, que el lector cogiese las piezas y montase el puzzle que le diera la gana. Me divertí mucho leyendo las distintas teorías que fueron surgiendo durante el concurso y, aunque me gustaría, no voy a entrar ahora en todo el simbolismo que integré en la narrativa (para ello habría que hablar largo y tendido sobre la historia de Japón y no creo que sea el momento ni el lugar).

EL PESCADOR DE TOMONOURA

En la costa de Fukuyama se contaba entre susurros velados la leyenda de Urashima Taro, el pescador, que vivió a finales del siglo XIX en una Tomonoura castigada por el envejecimiento. Esta, como casi todos los núcleos rurales, se había quedado huérfana de sus jóvenes y aislada de las nuevas estructuras capitalistas que se instalaron a lo largo del país a partir la Restauración Meiji.

El progreso es una estampida. El trazado ferroviario y la industria armamentística desplazaron a la pesca y la agricultura en el orden de aspiraciones laborales. Los lugares como Tomonoura pronto se convirtieron en un recuerdo romántico de una época muy distinta. Un interregno atemporal donde nada cambiaba, a excepción de su densidad demográfica.

Pero Taro siempre fue un niño resignado y falto de carácter. En su cabeza, la idea de alejarse de sus padres y de Tomonoura siempre sonaba ridícula. Había nacido pescador. Moriría siendo pescador.

Un día, cuando ya rondaba la treintena, Taro se echó a la mar al sudeste de la isla Sensui, donde la pesca del madai era generosa y fácil, y las corrientes agradables. Al ocaso, el pescador recogió las jarcias y vio algo, una cosa escurridiza que se retorcía tortuosamente dentro del garlito. La piel era de un negro insondable y su tinta, que le corría por los apéndices rugosos, blanca como la leche. Era un pulpo, el más raro que jamás había visto.

Al estudiarlo más de cerca, descubrió cuatro puntas de arpón ensangrentadas que salían del negro gelatinoso. Se maravilló de la fuerza de la criatura; ya debería estar muerta, pero se aferraba a la vida con una firmeza arrogante, retorciéndose sobre la cubierta entre espasmos de dolor.

El pulpo movió el pico y habló, con una voz que no era tanto una voz como un pensamiento, una intuición. Taro, que era supersticioso y temeroso de lo que no comprendía, enseguida atribuyó una naturaleza divina a la criatura.

—Pescador —habló el pulpo—, te doy las gracias por salvarme. Como ves, mi vida se apaga como una anémona marchita. Por favor, pescador, cura mis heridas y te guiaré al Palacio del Dragón, el paraíso al que ningún hombre ha llegado jamás.

Taro remolcó al pulpo y remó sin descanso hasta llegar a Tomonoura. Haciendo acopio de sus ahorros hizo llamar al médico de la aldea y, después de dos días de cuidados exhaustivos, la criatura recobró la salud. Que lograse sobrevivir tanto tiempo fuera del agua, respirando al parecer el mismo aire que él, no hacía sino confirmar las divagaciones místicas del pescador.

Dispuesto a cobrarse la promesa ofrecida, cargó al pulpo en la barca y navegó bajo sus indicaciones. Después de muchas horas e incontables brazadas, cuando los músculos ya le temblaban y el sudor le empapaba la frente, una sombra emergió de las profundidades: torres y agujas en espiral, picos imposibles y penachos de nácar radiante aparecieron con una violenta convulsión de las aguas, entre cortinas etéreas de espuma y sal.

Taro llevó la barcaza hacia el interior del palacio, que era de coral rojo y parecía robado del sueño balsámico de algún dios romántico, tal era la majestuosidad que le inspiraba.

—Pescador —dijo el pulpo, entregándole una cajita de laca marina—, toma esta caja y guárdala con celo durante tu estancia. Es importante que nunca, bajo ningún concepto, la abras. ¿Has entendido esto?

—Sí, pulpo. —Taro aceptó la cajita y la examinó con una mezcla de indiferencia y atracción, sintiendo una llamada exigua desde el interior del objeto—. No la abriré.

Ya en el Palacio, lo trataron como a un rey, agasajado con generosidad entre frisos aristados de roca volcánica y galerías de coral. Dormía entre almohadones en alcobas fastuosas, comía suculentos festines cuando le placía y se relajaba en las pozas termales de agua salina. Los siervos marinos del pulpo atendieron todos sus deseos con obsequiosa dedicación, pero había algo que había empezado a socavar los ánimos de Taro; descubrió que echaba de menos a Maho, su esposa.

Taro compartió este anhelo con el pulpo. Ese día, la criatura recogió cien volutas de espuma de mar y las templó lentamente al sol del crepúsculo, esculpiendo entre las olas una réplica perfecta de su mujer. Maho pareció muy contenta de verle.

Pronto empezó a extrañar también a sus amigos. Después extrañó a los simples conocidos y, paradójicamente, también a sus rivales en Tomonoura, pues la idea de restregarles su nueva y cómoda vida se le antojaba irresistible. El pulpo creó réplicas de cada uno de ellos y el pescador encontró así la felicidad. Una felicidad sin mácula salvo por una idea sombría que, día tras día, germinaba obstinadamente en un olvidado rincón de su memoria.

La cajita de laca marina se convirtió entonces en una obsesión. Taro la estudiaba a todas horas, la agitaba y la lanzaba con la vana esperanza de que algún sonido delatase su contenido. En las últimas semanas apenas comía o dormía, solo pensaba en la caja. Un día, la abrió. Cómo no iba a abrirla.

Despertó en su vieja choza, meciéndose entre sombras vacilantes. La garganta le ardía y su cabeza parecía a punto de quebrarse. El pulpo le observaba desde un rincón sobre un lecho de tinta blanca. Taro gimió y salió a empellones de la cabaña.

Tomonoura estaba en silencio, muerta, ahogada: ni la algarabía de las tabernas ni el faenar de los estibadores ni las ofertas a gritos de los mercaderes. El único sonido era el de muchos cuerpos arrastrándose, infectos y oleaginosos. Renqueó por la calle palpándose la garganta, intentando en vano aliviar el dolor que le asfixiaba. Sus sollozos hicieron salir a los vecinos: la visión de aquellos pulpos abrazados a sus cráneos, los tentáculos penetrando sus bocas babeantes, le hizo vomitar sobre el camino de tierra.

El pescador corrió hacia el parque de Tomo-kōen, murmurando incoherencias entre saliva y bilis sobre palacios de coral y cámaras submarinas. La maleza lo engulló, aún acompañado por los ecos glutinosos procedentes de Tomonoura.

Taro se hizo un ovillo sobre un lecho de raíces, cerrando y abriendo los ojos una y otra vez. Se arañó la garganta hasta que las uñas se le pusieron rojas. El dolor no cesaba. Debería arrancarse la tráquea, pensó, y morir ahogado en el sotobosque, entre borbotones de sangre.

El sol se derramaba como oro fundido sobre la línea del horizonte, dejando al pescador a oscuras, pensando que cómo iba a hacer algo así, que cómo iba a abandonar Tomonoura. Su querida Tomonoura.

3 comentarios en “Relato: El pescador de Tomonoura”

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